Comentario diario

VETE PRIMERO A RECONCILIARTE CON TU HERMANO

La mesa y por tanto el altar, es el lugar de la intimidad con los hermanos y con Dios. En torno a la mesa nos descubrimos unos a otros. Jesús en la última Cena, en un ambiente de afectuosa intimidad y de gravedad ante los acontecimientos que iban a desarrollarse, expresó su amor a los discípulos lavándoles los pies.  Es en la mesa y en el altar el lugar en el que nos preguntamos: ?¿Qué tal ha ido el día?? Es el lugar donde comemos, bebemos, celebramos juntos la vida y el amor. Es el lugar donde se cuentan nuevas y viejas historias. Es el lugar de las sonrisas y las lágrimas. La mesa es el lugar donde la distancia se hace más dolorosa. Es el lugar donde se ve la silla vacía y duele la ausencia de aquella que persona, ?compañera?, la que partía con nosotros el pan. Es el lugar donde se percibe la tensión entre los que compartimos la comida en el que se expresan los enfados y las distensiones. Se discute y se ríe, se pregunta y se responde. Se insulta y se perdona. En torno a la mesa sabemos si hay amistad y comunidad o si, por el contrario, hay odio y división. Y precisamente por ser el lugar de la intimidad para todos los miembros de la casa, la mesa es también el lugar donde la falta de esa intimidad se revela más dolorosamente.

Porque la mesa es sagrada si uno recuerda que hay alguna persona que tiene una queja, un conflicto, no podemos seguir la vida como si nada. Es importante detenerse, darnos cuenta de que en nuestra vida no puede haber espacios para el odio, el rencor y la venganza. Es imposible amar a Dios a quien no vemos y no amar al hermano al que vemos. Esa actitud nos convierte en mentirosos e hipócritas. Jesús se pone en nuestras manos con una infinita confianza. Y no solo se pone Él, sino todo su Cuerpo místico. Le podemos preguntar: «¿Qué hago contigo?» y Él te responderá: «Lo que tú quieras, lo que tú dispongas. Tú y yo somos uno, tú sabes muy bien quién soy, me conoces».

Jesús es el invitado y el anfitrión en cada Eucaristía. Es invitado porque le pedimos que venga, que envíe su Espíritu, pero es el que nos tiene la mesa preparada. El alimento es su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Y como anfitrión nos invita a entrar en plena comunión con Él. Cuando la noche antes de su muerte, Jesús se reunió con sus discípulos en torno a la mesa, reveló a la vez intimidad y distancia. Por eso no podemos celebrar nuestras ofrendas en el altar si no estamos reconciliados con nuestros hermanos y podamos rezar el Padre Nuestro sabiendo que es verdad cada una de las palabras que pronunciamos.

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